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Es
muy fácil entender la razón de su nombre, basta pararse
sobre las barrancas y disfrutar del río corriendo a sus pies,
para entenderlo. Sin embargo, los más agraciados son los
que miran la ciudad desde el río, la imponencia de sus barrancas
y placer de sentir el Paraná abriéndose como un amigo
frente al paso de la lancha. En la cuidad debe caminar entre sus
calles con bajadas y subidas y oler el aroma a naranjas que recorre
la localidad embriagando a los caminantes.
Ya
en las islas, la selva en galería cubre los arroyos y allí
podrá descubrir un cielo verde de tacuara brava, espina de
corona, timbó, lapacho negro y curupí. Pero no se
distraiga mucho mirando hacia arriba, si descuida el anzuelo...se
le puede escapar un surubí. Antes de su fundación
el lugar era conocido con la denominación de “La Crucecita”.
Un
lugar de amarre de los barcos que navegaban el Paraná, obligados
a parar durante la noche, por las dificultades que ofrecía
el río con la continua modificación de sus canales.
Su fundación se aprobó por ley el 30 de Junio de 1825,
durante la Gobernación de Pedro Ferré.
La
ciudad fue escenario de memorables sucesos del pasado provincial,
aún se encuentra, en la esquina de las calles San Juan y
San Martín, un solar con añosos naranjos marcando
el sitio en el que la comunidad se reunía para la defensa
del municipio en el período de las guerras civiles y durante
la invasión de las fuerzas paraguayas en 1865.
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