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Esquina
parece recoger en su espíritu la profundidad histórica que arrastran
las aguas del Paraná, poderoso e impredecible, con la mansedumbre
del río Corriente, lleno de silencios. La ciudad fue acomodándose
a esa naturaleza diversa, como una novia que balconea dos propuestas
igualmente irresistibles y que se arregla y perfuma para cada una,
en una elección imposible. Internarse en el río, no es igual en
Esquina, como en ningún sitio pueden encontrarse a mano, playas
y barrancas, aguas rápidas y aguas mansas, y el armónico recorte
de una ciudad que parece siempre estar saludando en bienvenida.
La
ciudad, colonial y pintoresca con sus calles arboladas que caen
al río Corriente, se dormita con el devenir de las aguas y se despereza
entre lapachos y ceibos, pero se despierta en febrero con tambores
y comparsas que la visten de carnaval. Fundada el 10 de febrero
de 1806, en el terreno donado por el maestro de posta, el español,
Don Benito Lamela, que a su muerte legó el predio para levantar
la capilla en honor a Santa Rita de Casia. El poblado se asentó
sobre la margen Este del río Corriente, en un recodo. El nombre
actual deriva de “Santa Rita de la Esquina del río Corriente”, con
el tiempo tomó el apelativo de “Esquina”. En 1839 el pueblo fue
asaltado y destruido, después de la derrota de Pago Largo, la ciudad
fue reconstruida en 1846 sobre las barrancas del Río Corriente.
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